martes, 31 de octubre de 2017

PARTICIPACIÓN DEL TRABAJO EN EL PIB



El presidente del Banco Central Europeo reconoce que la reforma laboral ha provocado en países como España, Portugal e Italia una devaluación de los salarios, y con los precios de los productos encareciéndose, está originando la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores.

En el caso de España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el coste salarial por trabajador descendió en el 0,1% en el segundo trimestre de este año respecto al mismo período de 2016, situándose en 1.942,01 euros de media mensual, como puede observarse en el siguiente cuadro, que desglosa el coste por grandes sectores económicos:


Con datos del primer trimestre de 2017, mientras en la Eurozona el salario por hora trabajada subió el 1,6% y en la Unión Europea un 2,1%, en España se mantuvo sin variación. El resultado es que España se convierte en el país europeo con mayor pérdida de poder adquisitivo.

En el siguiente gráfico tenemos la participación de los salarios en el PIB español a partir del año 2000:



Observamos una caída en la participación del trabajo a partir de la entrada en la crisis financiera, desde cerca del 51% en 2009 al 47,5% en el año pasado. Desde el 2013 se estabiliza por el aumento de empleo y el descenso del paro, debido este último en parte a la emigración y el incremento de personas desanimadas que no busca ya empleo.

La reforma laboral facilitó el despido barato y dejó a más de la mitad de los trabajadores sin cobertura de convenio, provocando el ascenso de la temporalidad al 26,8% y el trabajo parcial al 16,5%. Los salarios de quienes perdieron su trabajo durante la crisis y se incorporan ahora a nuevos puestos sufren un recorte respecto de aquellos que mantuvieron su empleo. La consecuencia es que el nivel de pobreza entre personas empleadas llegó al 14,1% en 2016.

Se estima que los salarios pactados pueden llegar a crecer en el conjunto del año entre el 1% y el 1,5%, incrementos inferiores al IPC, que en septiembre subió al 1,8% interanual y puede acabar el año en el 2%. Todo lo cual significa una caída en el salario real de los trabajadores también este año.

Los analistas atribuyen la situación de los salarios en España fundamentalmente al fracaso de la negociación colectiva, que impide alcanzar acuerdos a nivel de Estado para elevar las retribuciones, y a la baja calidad de los nuevos empleos, que reduce el salario por hora promedio del conjunto de los trabajadores.






martes, 24 de octubre de 2017

PODER MONOPÓLICO Y BÚSQUEDA DE RENTAS

La búsqueda de rentas se identifica habitualmente con la actitud de querer obtener ingresos con la manipulación en algunas actividades económicas, en lugar de crear nueva riqueza. Un ejemplo sería el tráfico de influencias para apropiarse de una parte de la riqueza que ya ha sido creada. El término en sí viene de la práctica antigua de apropiarse de una parte de la cosecha mediante el control de la tierra.

El gasto público de un país, más allá de las políticas sociales básicas del Estado de bienestar (pensiones, atención a la dependencia, sanidad y educación), no se reparte en función de la demanda y oferta, atendiendo a las necesidades y a la eficiencia, sino que en muchas ocasiones prima la capacidad de influencia de los grupos de presión, en busca de rentas en forma de aranceles, cuotas y otros privilegios, imponiendo sus demandas particulares en la agenda pública. Es el caso de los mandatarios de la Unión Europea y Estados Unidos, presionados por los poderes en la sombra (lobbies), para conceder ayudas a la agricultura y a política comercial. 

La búsqueda de rentas puede desembocar en privilegios, en una suerte de perversa relación, en la que ganan ciertos políticos –cuyo objetivo es la maximización de votos, que suponen puestos de poder y rentas– y los subvencionados o "protegidos".

En versión del análisis económico, se definen las rentas de este tipo como ingresos derivados exclusivamente de la propiedad y el control de activos o de una posición dominante en el mercado, y no de una actividad empresarial innovadora o del desarrollo productivo de un recurso escaso.

La UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo), en su informe sobre el Comercio y el Desarrollo 2017, afirma que, en la era de la hiperglobalización, las finanzas tienden a generar enormes recompensas privadas, desproporcionadas con respecto a los beneficios sociales logrados. Las empresas han aprendido a utilizar estrategias de obtención de rentas para fomentar sus beneficios y se han convertido en un factor determinante de la creciente desigualdad.

Las rentas son captadas por grandes corporaciones mediante diversos mecanismos: el uso sistemático de los derechos de propiedad intelectual para librarse de sus rivales; la depredación del sector público, mediante privatizaciones en gran escala, pasando los recursos de los contribuyentes a los directivos y accionistas de las empresas; la concesión de subvenciones a grandes corporaciones, a menudo sin obtener resultados tangibles en forma de una mayor eficiencia económica, y mediante conductas casi fraudulentas, como la evasión y la elusión fiscales.

Un trabajo de investigación de Mordecai Kurz, profesor de la Universidad de Stanford, muestra los efectos económicos del poder monopólico, sobre todo en el sector de las Tecnologías de la Información, calculando los niveles normales por encima de los cuales los valores bursátiles reflejan el poder de mercado


Los ingresos creados por las empresas con poder monopólico que se cotizan en Bolsa en EE.UU (encabezados por Apple y Alphabet-Google) se dividen en tres clases: ingresos del trabajo, ingresos por el pago normal de intereses al capital y ganancias monopólicas. El gráfico muestra el componente monopólico de la riqueza como porcentaje del valor bursátil total entre 1985 y 2015. En los ochenta, la riqueza monopólica era inexistente. Con el desarrollo de la industria informática, aumentó drásticamente y, en diciembre de 2015, llegó a un 82% del valor bursátil total, lo que equivale a unos 23,8 billones de dólares.

Los datos indican, por tanto, que un poder de mercado cada vez mayor es una de las causas de la búsqueda de rentas. Se ha observado con creciente alarma la tendencia a la concentración, sobre todo en los mercados de los países desarrollados, de tal modo que, junto con la extracción de rentas, se han convertido en características del mundo empresarial.

En 2015, la capitalización bursátil media de las 100 mayores empresas era de 7.000 veces mayor que el promedio de las 2.000 empresas menores, mientras que en 1995 fue tan solo 31 veces mayor. La ampliación del poder de mercado contribuye enormemente a la creciente desigualdad de los ingresos.

El Informe de la UNCTAD concluye que, si se quiere alcanzar el objetivo de un crecimiento realmente inclusivo y sostenible, es necesario frenar el rentismo endémico y las desigualdades que genera. Un buen punto de partida sería reconocer que el conocimiento y la competencia son ante todo bienes públicos, y que su manipulación en interés privado debe regularse de manera efectiva.










martes, 17 de octubre de 2017

HIPERGLOBALIZACIÓN

La hipergloblización es una fase de la globalización caracterizada por el crecimiento acelerado de los flujos transfronterizos de bienes, servicios y capitales, en particular el incremento exponencial de los flujos digitales. Al alejarse muchas grandes empresas de situaciones de competencia efectiva, la hiperglobalización provoca una elevada concentración de poder económico y de riqueza en manos de un número pequeño de personas.

Aunque los bancos centrales alertaron recientemente del riesgo de debilitarse la globalización, lo cierto es que el proceso sigue su marcha. Muchas cadenas de valor industriales ahora tienen eslabones diseminados entre varios países, lo que hace aumentar todavía más la necesidad del comercio internacional. Esto es posible, entre otras cosas, a que se mantienen costos de transporte comparativamente bajos.

Aunque la Organización Mundial de Comercio (OMC) ha perdido el empuje del pasado y no logra concluir la ronda de negociaciones, sus acuerdos y reglamentaciones siguen vigentes y son aprovechados por las grandes empresas. Quizás, los movimientos más llamativos son los cambios de los actores protagonistas.


Como observamos en el gráfico, en tiempos pasados (los primeros XV siglos de la Era Cristiana), el grueso de la riqueza mundial estuvo en los dos países más poblados del mundo: India y China. A partir de aquel momento, Europa avanzó en la ciencia, la política y el comercio, y fue recomponiendo la economía mundial, hasta la irrupción de Estados Unidos como país dominante a principios del siglo XX, empujado por la emigración europea.

Desde finales del siglo XX, China recupera la preeminencia mundial y le siguen India y Japón, en tanto que Europa y Estados Unidos van declinando su posición económica en el mundo.

El recambio de actores es evidente en las instituciones financieras internacionales. Un buen ejemplo ocurrió en el Banco Mundial y el FMI donde China salió de su larguísimo silencio, y poco a poco comenzó a tomar protagonismo. Una expresión de ese cambio fue la elección de un economista chino como vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial.

Se señalan también otras características de esta globalización contemporánea: la desmaterialización, expresada por el mayor aumento en el comercio de servicios respecto al de mercancias; el creciente incremento de flujos de capital entre un grupo cada vez más amplio de naciones; el surgimiento de un gigante comercial a escala planetaria (China); la proliferación de acuerdos regionales de comercio, y la reducción de las barreras al comercio en bienes pero su persistencia en los servicios.

En los últimos años, con la incertidumbre y la volatilidad en el crecimiento, los inversores dejaron emprendimientos en industrias, para enfocarse en sectores más seguros, como alimentos, tierras, minerales y energía. Los flujos de capital se dirigieron hacia América del Sur (Brasil sobre todo) y la mitad de ellos acabó en el sector de recursos naturales.

Se mantienen resistencias frente a este tipo de globalizacción de cuantos siguen sufriendo directamente sus efectos: campesinos desplazados por agronegocios de exportación, indígenas que deben lidiar con impactos de empresas mineras o petroleras y colectivos que pierden su trabajo por la avalancha de productos importados,

La globalización avanza beneficiando a unos y dejando a otros sumidos en graves problemas. Frente a ella, los movimientos sociales llaman a retomar y reconstruir las capacidades de crítica, movilización y alternativas, una tarea en la que tendrá que implicarse la sociedad civil.











martes, 10 de octubre de 2017

DIGITALIZACIÓN Y TIEMPO DE TRABAJO

Las sinergias que se derivan del desarrollo de las ingenierías del software, la robótica, las telecomunicaciones y la microelectrónica, combinadas con otras ramas del conocimiento, generan la digitalización, una innovación tecnológica que anuncia aumentos de productividad en las empresas, pero con pérdidas significativas de empleo. En el futuro no habrá necesidad de trabajar tanto para conseguir el nivel de vida que hoy se tiene en Occidente

La productividad ya ha ido aumentando en los países desarrollados debido a la competencia en los mercados y a los avances tecnológicos, si bien con velocidad diferentes según los períodos. Ha habido épocas en las que se han acumulado innovaciones técnicas importantes y su aplicación ha dado lugar a crecimiento intenso de la productividad, que ha supuesto la expulsión de trabajadores.

Como ejemplo, ahí está el sector agropecuario, en el que la introducción de maquinaria y nuevas técnicas organizativas han tenido como consecuencia que basta el 5% del total de ocupados en algunos países para que se produzcan alimentos para toda la población.

Pero lo relevante es que los incrementos de productividad han venido acompañados de una reducción del tiempo de trabajo a lo lago de la vida de las personas, a través de la reducción de la jornada diaria, el retraso en la edad de la incorporación al trabajo y las vacaciones pagadas. 



Vemos en el gráfico la evolución del tiempo de trabajo, según el sociólogo Manuel Castells. En 1850, el tiempo de trabajo a lo largo de toda la vida era de 150.000 horas; en 1950, la vida laboral se concentraba en 110.000 horas, a razón de 2.345 horas anuales en 47 años, y en 2000 se situaba en 75.000 horas anuales, que equivalen a 41,5 años trabajando un promedio de 1.800 horas año. Es decir, que en 150 años las horas trabajadas durante toda la vida se habían reducido a la mitad.

Esta reducción de horas de trabajo y el incremento de los salarios han sido los que han repartido el aumento notable de la productividad. Adaptar la jornada de trabajo a los avances de la tecnología ha servido para repartir el trabajo. Sin este ajuste, los ocupados trabajarían bastantes más horas y el desempleo sería mucho mayor.

Para mantener el empleo en la era digital, el intenso incremento de la productividad tendría que ser contrarrestado también por la reducción de las horas dedicadas al trabajo a lo largo de la vida en la misma proporción, objetivo difícil de alcanzar por las diferencias económicas entre los países y el elevado grado de competencia en los diversos mercados. Si no se consigue el ajuste de las horas, el escenario previsible es un aumento de la desigualdad en el empleo y en las rentas.

No cabe duda de que el proceso de repartir el trabajo es largo y complejo, porque hay que combinar resultados globales con ajustes a nivel sectorial y empresarial. Se requieren también instituciones sindicales fuertes y equilibrio en la negociación colectiva, como sucedía hasta los años 80, antes de la revolución neoliberal. En los últimos 25 años, el avance tecnológico ha producido importantes aumentos de productividad, pero no ha habido prácticamente reducción en el tiempo de trabajo vital.

La experiencia francesa de las 35 horas ha dejado más legados positivos que negativos, pero no hay señales reales de una reducción generalizada de tiempo laboral. La cuestión es que en esto momentos no se acepta que el avance social pueda afectar a la rentabilidad del capital. Por lo tanto, hablar de disminución de la jornada como reparto equitativo de los incrementos de productividad, sin reducción del salario, se considera  inadmisible políticamente.









martes, 3 de octubre de 2017

LAS EMOCIONES EN EL PATRÓN DE CONSUMO

Aunque nos consideramos plenamente racionales, lo cierto es que en todo los seres humanos se da una dicotomía: una parte del cerebro es intuitivo y rápido, en tanto que otra parte evalúa y razona lentamente. Por ejemplo, a veces compramos un objeto porque nos deslumbra (emoción), pero más tarde reconocemos que no fue una adquisición muy pensada (racionalidad).

Según Daniel Goleman, autor del famoso libro “Inteligencia Emocional”, en los humanos se experimenta un balance de ganancias y pérdidas internas, que es guiado por las emociones en una interacción determinada, bien sea con una persona o con un objeto. No sigue el criterio estrictamente económico, que buscaría la máxima utilidad. Además de los conocimientos sobre lo que se debe hacer, se tienen en cuenta también los sentimientos.

La economía emocional muestra que las implicaciones en cualquier decisión sobrepasan el ámbito específico de la economía. Es por ello que los productos y servicios necesitan inspirar y emocionar. En el campo del marketing está ya asumida esta tendencia, porque se ha identificado que la creación de valor en el futuro será sobre todo emocional e inmaterial.

Sabemos que cuando hay información asimétrica entre consumidores y vendedores, porque los vendedores conocen lo que están vendiendo mientras que los consumidores no saben realmente lo que están comprando, los precios resultan fundamentales para que el consumidor se oriente sobre la calidad de un bien. Es el caso de los coches de segunda mano, mercado en el que una reducción de precio puede provocar la caída de la demanda, debido a que se envía a los compradores una señal de que el vehículo es de menor calidad.

En los patrones de consumo se ha distinguido siempre entre los denominados “bienes inferiores”, aquellos que al aumentar la renta decrece el consumo (productos de primera necesidad), y se han considerado como “normales” aquellos que ante un incremento de renta aumenta también la demanda. Hay quien amplía el patrón de consumo, denominando ahora “bienes superiores” a los que cuentan con la confianza emocional en su calidad por parte de los consumidores.

Si los compradores acceden a pagar un mayor precio por la supuesta calidad del producto sin verificar sus cualidades intrínsecas, estamos ante los llamados bienes superiores que suscitan confianza emocional, cuya demanda crece aunque se incrementen los precios, en contra de lo previsto en la ley de la oferta y la demanda.

Las empresas que crean mercados de bienes superiores suelen desarrollar innovadoras técnicas comerciales con el fin de dar valor emocional a los productos, bien diferenciándolos, prestigiando la marca o creando intangibles. Cuando lo consiguen, los consumidores dejan de aplicar criterios racionales de relación precio-calidad. Compran el producto simplemente porque les gusta y el precio se desconecta de los costes de producción, al igual que sucede en las obras de arte.

Los mercados de bienes superiores han aumentado mucho en las sociedades desarrolladas. En un porcentaje creciente de productos, como coches, ropa, telefonía móvil, y otros muchos, los precios no están fijados por lo costes de producción, sino por la capacidad de gasto de los consumidores y por la confianza emocional que se deposita en su supuesta calidad.

Algunos expertos estiman que, además de una especialización en sectores de bajo valor añadido, las empresas españolas tienen dificultades para producir bienes superiores. Consideran que es necesario crear intangibles emocionales y desarrollar una moderna política industrial para enfrentarse a la creciente capacidad competitiva de los países emergentes.

España tiene una estructura productiva con elevado peso de empresas precio-aceptantes, con salarios bajos, posicionadas en mercados “low cost”, en los que se compite básicamente por precio. Este es un modelo que tiende a alimentar el colectivo de trabajadores con bajos salarios y con peligro de caer en “riesgo de pobreza”.