martes, 25 de octubre de 2011

EL FUNCIONAMIENTO DE LOS MERCADOS

La crisis actual ha renovado los debates sobre los méritos comparativos de mercados y gobiernos  como medios para crear y distribuir la riqueza generada en un país.

La nueva fase globalizadora se había presentado como el triunfo de los mercados, ya a escala mundial, alegando que las normativas nacionales resultaban estrechas para el desenvolvimiento eficiente de las actividades económicas.

Pero he aquí que hemos topado con la crisis financiera, que muchos atribuyen precisamente a la dinámica de liberalizaciones y desregularizaciones, provocadora de la codicia y la irresponsabilidad que están en el origen de los desaguisados financieros. 

Se apela, pues,  de nuevo a volver a establecer intervenciones y regulaciones por parte de los poderes públicos, hasta hace poco ignorados o menospreciados

Frente a tales fervientes controversias, con tendencia a la polarización, entendemos que la virtud se encuentra en admitir la complementariedad de ambos mecanismos de asignación de recursos. Por tanto, la cuestión parece centrarse en encontrar la combinación adecuada en función de las circunstancias de tiempo y lugar.

Cuando el padre del liberalismo económico, Adam Smith, predicaba la actuación de la “mano invisible” recordaba también la necesidad de dotarse de elementos institucionales de gestión pública, esenciales para el funcionamiento correcto de economías basadas en la especialización y el intercambio, tales como el derecho de propiedad, el incentivo, el cumplimiento de contratos y la sana competencia. 

Pero, ¿cómo funcionan de hecho los mercados? Pues lo cierto es que muchos de los intercambios que se realizan en los mercados son en condiciones alejadas de la auténtica competencia”: monopolio y oligopolio, como consecuencia de la concentración de capitales, y competencia monopolística, por la capacidad que tienen algunas empresas en lograr ventajas  mediante la diferenciación de los productos que venden utilizando marcas comerciales.

Los orígenes de la concentración del capital son diversos:

a)  La existencia de barreras de entrada, bien porque las empresas existentes disponen de patentes, de personal especializado o de otras ventajas, o bien, por las economías de escala existentes en el sector, que obligan a realizar cuantiosas inversiones

b) La unión estratégica de empresas para actuar en actividades interrelacionadas para obtener mejores resultados. Según una investigación suiza reciente,  una compleja red de participaciones consigue que 147 entidades posean el 40% del valor financiero de todas las multinacionales del mundo. 

Los efectos de tal concentración los muestra el siguiente gráfico:

 
 
Puede observarse que los precios son más elevados y las cantidades ofrecidas menores en situación de monopolio que en  competencia perfecta. 

Algunos economistas valoran positivamente la competencia monopolística, la situación que más se da en los productos de gran consumo,  alegando que logra poner a disposición de los consumidores un abanico amplio de bienes, pero resulta difícil de asumir si tiene como contrapartida el despilfarro de recursos necesarios para atender otras necesidades más apremiantes. 

Los acuerdos para evitar la competencia son tan frecuentes en nuestro entorno empresarial que los países han tenido que establecer comisiones de defensa de  la competencia. A título de ejemplo,  no hace mucho que la Comisión Europea impuso una multa de 648 millones de euros a seis industrias fabricantes de pantallas planas de cristal líquido (LCD) para televisores, ordenadores de mesa y ordenadores portátiles por “pactar de forma ilegal los precios, en violación de las normas de la Unión Europea (UE) sobre libre competencia. Estos acuerdos han encarecido artificialmente el precio de los productos y han obligado a los consumidores europeos a pagar más caros los televisores y ordenadores”.

martes, 18 de octubre de 2011

INDICADORES DE DESARROLLO



Comentábamos en la entrada sobre indicadores económicos que el PIB es la referencia tradicional para medir el crecimiento, porque es una variable de la que se disponen datos con regularidad. También advertíamos sobre algunos límites de este indicador: sólo calcula transacciones monetarias, pasa por alto aspectos distributivos, no descuenta la inutilización de recursos...

Muchos economistas vienen señalando que utilizar una unica dimensión para evaluar el desarrollo de un país supone una aproximación deficiente. Una forma de mejorar el análisis consiste en construir indicadores multidimensionales que tengan en cuenta varios aspectos relacionados con el desarrollo.

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) va más allá del crecimiento económico, en busca del desarrollo humano, que lo identifican con “la creación de un entorno en el que las personas puedan desarrollar su máximo potencial y llevar adelante una vida productiva y creativa de acuerdo con sus necesidades e intereses”.

La ONU añade que, además del incremento de ingresos, se busca un “mayor acceso al conocimiento, mejores servicios de nutrición y salud, medios de vida más seguros, protección contra el crimen y la violencia física, una adecuada cantidad de tiempo libre, libertades políticas y culturales y un sentido de participación en las actividades comunitarias. El objetivo del desarrollo es crear un ambiente propicio para que la gente disfrute de una vida larga, saludable y creativa”.

El desarrollo es, por tanto, mucho más que el crecimiento económico, que constituye sólo un medio, aunque muy importante, para que cada persona tenga un abanico de oportunidades más amplio.

Por eso, desde  1990  se viene calculando   el “Índice de Desarrollo Humano” (IDH), elaborado por el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo)  con  base  en las ideas desarrolladas por el economista bengalí Amirtya Sen,   premio Nobel de Economía.

El IDH es un indicador social que promedia  tres parámetros: a) esperanza de vida al nacer; b) tasa de alfabetización de adultos y de duración de la educación obligatoria, y c) PIB por habitante.  

El informe del año 2010 introduce tres nuevos índices sobre aspectos importantes de la distribución del bienestar: la desigualdad, la equidad de género y la pobreza.

El indicador ajustado por la desigualdad (IDH-D) tiene en cuenta el aspecto equitativo en la distribución de las dimensiones estudiadas entre la población. El informe estima una pérdida media debida a la desigualdad total del orden del 22%, que va desde un 6% en la República Checa a un 45% en Mozambique.

La desigualdad de género (IDG) refleja la desventaja de la mujer en tres dimensiones: salud reproductiva, empoderamiento y mercado laboral. Muestra la pérdida en desarrollo humano debido a la desigualdad entre los logros de mujeres y hombres en dichas dimensiones. 

El indicador de pobreza multidimensional (IPM) identifica múltiples privaciones individuales en materia de educación, salud y nivel de vida, utilizando microdatos de encuestas familiares.

El índice del año 2010* sustituye la media aritmética por la media geométrica como forma de agregar los indicadores que aproximan los logros en salud, educación y bienestar material (la media geometrica se obtiene con la raiz cúbica del producto de los tres índices parciales)

En la relación de los 169 países del mundo que cuentan con estadísticas fiables, Noruega ocupa en el informe 2010 el primer lugar (índice 0,938), seguido de Australia (0,937), Nueva Zelanda (0.907) y EE.UU (0,902). España se encuentra en el número 20 (indicador 0, 863), con una pérdida del 9,7% por desigualdad. 

Los índices señalados vienen a significar el tanto por uno del máximo alcanzable a nivel mundial. Por ejemplo, en el componente sanidad, el PNUD considera el nivel mínimo y máximo de vida 25 y 85 años (diferencia 60). Si España tenía en 2010 una vida media de 82 años, la diferencia es 57 (82-25) y 57 sobre 60 da un tanto por uno o índice 0,95, es decir, que se alcanza el 95% del máximo mundial posible.

 Otro indicador de bienestar nos lo presenta el teólogo Leonardo Boff, recogiendo  las aspiraciones más profundas del ser humano.  Cuenta en uno de sus artículos semanales el caso del Reino de Bután,  encajonado entre China e India, a los pies del Himalaya, muy pobre materialmente.  El diminuto país, con unos 75.000 habitantes, tiene establecido oficialmente el “Indice de Felicidad Interna Bruta”, que se mide, entre otros, “por el buen gobierno de las autoridades, la distribución equitativa del excedente de la agricultura de subsistencia, buena salud y educación, y, especialmente, buen nivel de cooperación de todos para garantizar la paz social”. 


* Informe completo en: http://hdr.undp.org/es/informes/mundial/idh2010/